El miedo y sobre todo, la picaresca de nuestro país, son una alianza peligrosa. El reciente bombardeo mediático, con información sesgada o sin contrastar, se ha convertido en el caldo de cultivo perfecto para que surjan una pléyade de empresas y supuestos profesionales que aprovechan las prisas, la necesidad y la desinformación, para vulnerar la Ley, poniendo en peligro a toda la población sometida a sus supuestos remedios milagrosos.

Nos han llegado infinidad de consultas relativas al uso de generadores de ozono, purificadores de aire e incluso duchas y rociadores para las personas como la solución ideal para prepararnos ante la “desescalada” del confinamiento y el retorno a la actividad habitual.

El uso del ozono como desinfectante es de sobra conocido por su gran poder oxidante. Este gas se degrada al tiempo de ser generado transformándose nuevamente en oxígeno, sin dejar ningún tipo de residuo. Su limitación no es su capacidad técnica como agente biocida contra microorganismos. Su problema es que, en elevadas concentraciones, las necesarias para ser eficaz, el ozono es incompatible con la vida. Es absolutamente letal.

La Organización Mundial de la Salud ha establecido que cuando la concentración de ozono en el aire que se respira es superior a los 240 µg/m3 y ésta se mantiene durante más de ocho horas, existe un claro riesgo para la salud: reduce considerablemente la función pulmonar, inflama las vías respiratorias y exacerba el asma, además de favorecer las infecciones respiratorias.

El ozono puede resultar mortal. Es sólo una cuestión de tiempo. Los equipos existentes en el mercado pueden producir desde 3-5 gr/h (generadores pequeños para destruir olores), hasta 40-70 gr/h en el caso de equipos medianos para desinfecciones en espacios reducidos. Hasta el equipo más pequeño es capaz de generar una atmósfera peligrosa con el tiempo suficiente.

Muchos de estos equipos se pueden utilizar de manera desatendida, dejándolos funcionar, incluso, de manera permanente. Si bien en determinadas circunstancias ni siquiera llegarán a ejercer el efecto biocida deseado porque no trabajan en las condiciones volumétricas para las que están diseñados, en cambio, sí que pueden llegar a generar el gas en concentraciones suficientes para producir efectos perjudiciales en las personas que estén expuestas al mismo mismos de manera permanente.

Este caso se produce, por ejemplo, cuando se instala en una oficina un pequeño generador de ozono con la falsa tranquilidad de que mantiene el local permanentemente desinfectado y, por el tamaño de la misma resulta insuficiente para alcanzar los 0,1-0,2 mg/L min recomendados por la OMS como eficaces para el control de microrganismos, pero que sin embargo excede el umbral peligroso de exposición para los dependientes que permanecen 8 horas al día en el local. Su uso debe hacerse siempre en ausencia de personas y por técnicos cualificados que dispongan de medios para medir el ozono residual antes de permitir el acceso al local tratado. No debemos perder de vista que el ozono generado in situ, utilizado como desinfectante, está considerado como un producto biocida y por lo tanto su aplicación y uso debe realizarse por empresas profesionales inscritas en el Registro Oficial de Establecimientos y Servicios Biocidas. La inmediatez no existe.

Tampoco los purificadores de aire con filtros HEPA o de carbón activo garantizan la absoluta higiene del aire en locales frecuentados por personas. Al igual que en la filtración de los edificios, no existe evidencia clínica directa del beneficio de los filtros de aire portátiles para la reducción de riesgo en enfermedades infecciosas, pero se puede deducir de forma razonable un beneficio para un tamaño adecuado (ej. la tasa de eliminación apropiada para la habitación), con la operación y mantenimiento de los filtros HEPA portátiles. Sin embargo, estos beneficios desaparecen rápidamente cuando el mantenimiento del filtro no es el adecuado, ya que entonces estos sistemas de filtración, en el mejor de los casos dejarán de funcionar, pero en el peor escenario se pueden convertir en puntos de infección concentrada.

¿Quién quiere una ducha de una dilución de lejía antes de entrar a su puesto de trabajo? Nadie debiera de tener que plantearse esta cuestión. Sin embargo, se empieza a popularizar también el uso de pulverizaciones sobre cualquier objeto, incluidas las personas, con soluciones desinfectantes de concentración y composición desconocida. Lo peor de esta “solución ideal” es que, si la persona que se somete a este expeditivo procedimiento ya está contagiada por el coronavirus, la ducha desinfectante no tendrá ningún efecto: seguirá propagando por aerosolización el virus en su entorno de trabajo. Es pues, una medida que aporta una falsa sensación de seguridad, que puede invitarnos a relajar otras medidas mucho más eficaces como la protección respiratoria o la distancia social, y que además puede generar problemas de irritación a las mucosas, reacciones hipo alergénicas y manchas y envejecimiento prematuro en la ropa y otros materiales.

Nuestra recomendación, como empresa experta en sanidad ambiental, es que, antes de instalar o adquirir una solución “milagrosa” al menos contraste la información que le ofrecen con un profesional en control de plagas debidamente acreditado por el Ministerio de Sanidad, que le asesorará sobre la mejor alternativa y le propondrá la solución más eficaz y menos costosa para mantener sus instalaciones libres de esta nueva amenaza del siglo XXI: la desinformación.

Solicítanos más información o presupuesto sin compromiso

CONTACTAR
popup-rocav3